miércoles 5 de noviembre de 2008

Mil ojos sobre la cueva de La Loja

Quizás haya sido la conmemoración de su centenario.
Quizá la curiosidad de saber por qué sus grabados se quedaron fuera de la candidatura del arte rupestre en la cornisa cantábrica a patrimonio de la humanidad que sí lograron sus vecinas cuevas de El Pindal (Ribadedeva) y Llonín (Peñamellera Alta). El caso es que la cueva peñamellerana de La Loja, muy cerca de la localidad de El Mazo (Peñamellera Baja), ha recibido más visitantes que en años anteriores, superando el millar en apenas cien días de apertura al público (de junio a septiembre). Exactamente han sido 1.100 las personas que han seguido el angosto y resbaladizo itinerario que penetra en una pequeña formación calcárea a orillas del río Deva.
Una galería que sólo es visible con la tenue luz de las linternas que a las puertas de la cavidad facilita quien mejor conoce La Loja, el guía Óscar Sánchez. Él es el encargado de mostrar e impulsar el conocimiento de esta cavidad cuyo acceso requiere del paso previo por el aula didáctica que se está reformando con la colocación de nuevos paneles. Después, el visitante camina hacia la boca de una cavidad que se extiende a lo largo de cien metros, si bien la longitud del sector turístico se limita a los 50 primeros metros de galería. Ésta es la distancia que separa la entrada de la cueva del panel principal de La Loja. El panel de los grabados se alza a unos tres metros de altura y en el se puede apreciar la representación de un grupo de animales cuya interpretación siempre se ha dicho que no fue fácil para los expertos y el consenso científico no es total, puesto que se sabe que algunos estudiosos contemporáneos defienden que se trata de un grupo exclusivamente de bóvidos. Sin embargo, también se conoce que para los descubridores de los grabados, Hermilio Alcalde del Río, H. Breuil y L. Mengaud el 23 de agosto de 1908, el panel contiene seis representaciones de animales, de las que cinco corresponden a bóvidos y la sexta a uno de los animales que resultó conflictivo en la interpretación. Breuil lo describió como un cánido, tal vez un lobo, que seguía la manada. En 1952, el propio Breuil publica algunos cambios en su interpretación y cita una representación con sólo cuatro bóvidos hembras y un tercer animal que podría ser un ternero. Otro investigador prehistórico, A. Leroi-Gourhan, interpreta el primero como un lobo, luego, como ternero, como un bóvido macho adulto; para terminar, posteriormente, identificándolo como un caballo. Y con cada observación, un vuelco a la interpretación del conjunto.
De lo que no cabe duda es de que se trata de un conjunto de grabados magistral, por su técnica, por los detalles, como la reproducción de las pezuñas de los animales o por la disposición sobre la roca y el destacado color claro de los contornos de las figuras sobre el tono oscuro debido a la capa de manganeso de la roca.
El arte de la cueva de La Loja está considerado como una de las manifestaciones más tardías del arte rupestre y en lo que sí han coincidido los investigadores es en adscribirlo al último período del Paleolítico superior, el Magdaleniense.
Tanto la cueva de La Loja como la de El Pindal celebran en 2008 el centenario de su descubrimiento.
La Nueva España

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