Durante mucho tiempo se ha subestimado la importancia de las relaciones marítimas en la Prehistoria y parece que había navíos que ya surcaban los mares, fuera del Mediterráneo, antes de que lo hicieran los fenicios, etruscos y cartagineses. Muchos de los que han escrito sobre la Atlántida se han valido de esos navegantes para apoyar sus teorías y eso mismo hizo Platón, en el Timeo, en que describe una extensa isla, que se hallaba bajo la protección del dios del mar, rebosante de riquezas animales, vegetales y minerales, en la cual los atlantes construyeron palacios, viviendas y a sus puertos, arribaban navíos de todas las procedencias; sus gobernantes eran modelos de prudencia, y desinterés que hacían poco aprecio a las riquezas en favor de la amistad y la concordia. Sin embargo estas excelsas virtudes se tornaron en oscuros vicios y llegó el castigo de los dioses en forma de una catástrofe que sepultó aquella isla bajo las profundas aguas de la mar.
Esta leyenda no fue otra cosa que una alegoría que Platón utilizó para ilustrar su tesis sobre el estado ideal, de manera que los griegos nunca llegaron a creer en la existencia real de los atlantes, de igual modo que nadie se había preocupado por averiguar la ubicación de la famosa caverna que Platón utiliza en otro diálogo. Pasados bastantes siglos un geógrafo de Bizancio mencionó en su escrito sobre Topografía la isla de los atlantes, con lo cual algunos se empeñaron en localizar, en el tiempo y el espacio, lo que solo había existido en la mente de Platón.
Si admitimos que, para componer la Odisea, Homero se inspiró en relatos y leyendas marineras, podremos imaginar que Platón pudiese sacar partido de aquellos para ubicar su Estado ideal; de hecho existen concordancias singulares entre Platón, que sitúa la Atlántida en una isla al oeste de las columnas de Hércules, y Homero que la identifica con la ciudad de Tartessos, insistiendo ambos sobre algunos datos comunes: pueblos marinos hospitalarios, con gobernantes sabios y una gran riqueza de metales.
Para los antiguos, al oeste de Tartessos comenzaba el brumoso y desconocido finisterre; sin embargo, la gente de mar nunca se avino a ceder ante el misterio, recurriendo a las leyendas para explicar lo que resultara incomprensible; Por ello es preciso recordar que la verdadera causa que impulsaba a los marinos a poner rumbo hacia zonas tan lejanas fue la riqueza que proporcionaban los metales de aquellas regiones de occidente productoras de oro y estaño, en abundancia, que traían a los puertos junto a los relatos sobre monstruos y criaturas infernales al objeto de disuadir a los otros navegantes de seguir aquel camino y preservar su fuente de ganancias.
Aunque no haya habido una ciudad sumergida como la Atlántida; muchos historiadores se han seguido cuestionando si, en la Antigüedad, pudo llegar a existir alguna isla cuya riqueza, poderío y desaparición repentina dieran a los navegantes y a Platón elementos suficientes para construir el relato de la Atlántida que es la única verdaderamente mítica de todas las ciudades sumergidas y a la que todos situaron en el confín del mundo conocido, adquiriendo, poco a poco, el simbolismo de la sociedad ideal; evocando, de algún modo, de la Edad de oro de la humanidad.






















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